
"El Perro Fernando" es un grupo de rock pesado de Argentina integrado por:Kelo: Bajo
Toti: Batería
Germán: Guitarra Rítmica
Nahuel: Voz
Maxi: 1º Guitarra
Breve historia de porque pusieron el nombre de EL PERRO FERNANDO.Esta historia comenzó en la década del 50, un día que el recuerdo no ha registrado. En Resistencia, capital de la provincia del Chaco, apareció un forastero con una guitarra al hombro y un perrito blanco que no se despegaba de su lado. El hombre entró a una humilde pensión y con voz serena preguntó si ahí se podían hospedar él y su perro. El dueño, tras mirarlo de reojo, le respondió:
-Si vos no cantás y el perro no ladra, pueden.
Días más tarde, el hombre murió repentinamente en la habitación por causas desconocidas. La Municipalidad dio sepultura al cantor, mientras que el propietario y unos vecinos resolvieron quedarse con el perro. Vano intento. El can no se sometía a nada ni a nadie y al instante tomó la ciudad como su casa.
Poco a poco el perro se fue adueñando del cariño de la gente, que día a día lo veía vagabundear por las calles de la localidad. Entre otros, entabló amistad con el cantante Fernando Ortiz, a quién acompañaba a sus ensayos y shows. En los fogones, el perro, al que comenzaron a llamar Fernando en honor al cantante, se destacó por su oído musical.
Para él lo fundamental era la noche, en cuyas horas recorría el Bar Sorocabana, el Bar Los Bancos y el Club Social. Si había música en el local, se quedaba. Si el lugar estaba tranquilo o el artista de turno no era de su agrado, se marchaba y seguía su gira. Para sorpresa de los asistentes, cuando algunos de los músicos o cantantes erraba una nota, el perro se ponía a ladrar y a aullar sin parar. Y su oído nunca fallaba. Cuando se ponía a ladrar, los músicos admitían haber metido la pata en el punto indicado por el perro. Era un crítico riguroso.
Como buen perro, Fernando se ceñía a su código de costumbres: pernoctaba en la recepción del Hotel Colón (en ocasiones en El Viejo Rincón), a primera hora de la mañana entraba con los empleados al Banco de la Nación, y se dirigía al despacho del gerente, donde éste le hacía servir el desayuno: café con leche y medialunas. Después iba a visitar la peluquería de al lado del Bar Japonés. A continuación, dormía un rato en el Sorocabana sin que nadie lo molestara. Almorzaba en El Madrileño y en casa del doctor Reggiardo hacía la siesta (un ladrido y un arañazo a la puerta era la contraseña para entrar). Y tras la siesta cruzaba a la Plaza 25 de Mayo, a divertirse hostigando a los gatos. Al atardecer corría al Bar La Estrella, a merendar lo que le daban los dueños y la clientela.
Por otro lado, no había evento artístico o social que no contara con su asistencia. Todo le atraía: fiestas, tertulias, conciertos, espectáculos, bailes populares, etc. Fernando, sirviéndose de su don para hacerse querer, recalaba en cualquier reunión. Con su presencia alegraba bodas y cumpleaños, y fue motivo de orgullo para aquellos que lo recibían en sus casas.
Así fueron pasando los años, hasta que en la mañana del 28 de mayo de 1963, un taxista lo halló agonizando delante del Banco Español. A las pocas horas Fernando se marchaba de la vida, dejando su ejemplo de cariño y amistad. Al conocer su muerte, Resistencia se hundió en la tristeza. Su funeral detuvo la ciudad. El pueblo, enternecido, lloraba su pérdida. Lo sepultaron en la puerta del Fogón de los Arrieros (institución de la que era socio de honor). Fue una ceremonia solemne. Una compacta multitud cubrió la calle, para darle un sentido adiós al perrito más querido. Algunos comercios bajaron sus persianas. Las viviendas vestían crespones en sus frentes. La Banda Municipal ejecutó una marcha fúnebre. Los poetas desgranaron versos por él. Los artistas, compungidos, se encerraron en el silencio. Después de la vida, nació la leyenda.
http://www.fotolog.com/elperrofernando/
http://www.elperrofernando.blogspot.com/
-Si vos no cantás y el perro no ladra, pueden.
Días más tarde, el hombre murió repentinamente en la habitación por causas desconocidas. La Municipalidad dio sepultura al cantor, mientras que el propietario y unos vecinos resolvieron quedarse con el perro. Vano intento. El can no se sometía a nada ni a nadie y al instante tomó la ciudad como su casa.
Poco a poco el perro se fue adueñando del cariño de la gente, que día a día lo veía vagabundear por las calles de la localidad. Entre otros, entabló amistad con el cantante Fernando Ortiz, a quién acompañaba a sus ensayos y shows. En los fogones, el perro, al que comenzaron a llamar Fernando en honor al cantante, se destacó por su oído musical.
Para él lo fundamental era la noche, en cuyas horas recorría el Bar Sorocabana, el Bar Los Bancos y el Club Social. Si había música en el local, se quedaba. Si el lugar estaba tranquilo o el artista de turno no era de su agrado, se marchaba y seguía su gira. Para sorpresa de los asistentes, cuando algunos de los músicos o cantantes erraba una nota, el perro se ponía a ladrar y a aullar sin parar. Y su oído nunca fallaba. Cuando se ponía a ladrar, los músicos admitían haber metido la pata en el punto indicado por el perro. Era un crítico riguroso.
Como buen perro, Fernando se ceñía a su código de costumbres: pernoctaba en la recepción del Hotel Colón (en ocasiones en El Viejo Rincón), a primera hora de la mañana entraba con los empleados al Banco de la Nación, y se dirigía al despacho del gerente, donde éste le hacía servir el desayuno: café con leche y medialunas. Después iba a visitar la peluquería de al lado del Bar Japonés. A continuación, dormía un rato en el Sorocabana sin que nadie lo molestara. Almorzaba en El Madrileño y en casa del doctor Reggiardo hacía la siesta (un ladrido y un arañazo a la puerta era la contraseña para entrar). Y tras la siesta cruzaba a la Plaza 25 de Mayo, a divertirse hostigando a los gatos. Al atardecer corría al Bar La Estrella, a merendar lo que le daban los dueños y la clientela.
Por otro lado, no había evento artístico o social que no contara con su asistencia. Todo le atraía: fiestas, tertulias, conciertos, espectáculos, bailes populares, etc. Fernando, sirviéndose de su don para hacerse querer, recalaba en cualquier reunión. Con su presencia alegraba bodas y cumpleaños, y fue motivo de orgullo para aquellos que lo recibían en sus casas.
Así fueron pasando los años, hasta que en la mañana del 28 de mayo de 1963, un taxista lo halló agonizando delante del Banco Español. A las pocas horas Fernando se marchaba de la vida, dejando su ejemplo de cariño y amistad. Al conocer su muerte, Resistencia se hundió en la tristeza. Su funeral detuvo la ciudad. El pueblo, enternecido, lloraba su pérdida. Lo sepultaron en la puerta del Fogón de los Arrieros (institución de la que era socio de honor). Fue una ceremonia solemne. Una compacta multitud cubrió la calle, para darle un sentido adiós al perrito más querido. Algunos comercios bajaron sus persianas. Las viviendas vestían crespones en sus frentes. La Banda Municipal ejecutó una marcha fúnebre. Los poetas desgranaron versos por él. Los artistas, compungidos, se encerraron en el silencio. Después de la vida, nació la leyenda.
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